La Nueva España » Premios Príncipe de Asturias » Noticias » «La revolución egipcia ha roto la barrera del miedo; una vez abierta, el cambio continuará»
«La revolución egipcia ha roto la barrera del miedo; una vez abierta, el cambio continuará»
Amal Eman, ayer, en el hotel de la Reconquista / Miki López
Amal Eman, voluntaria de la Media Luna Roja y Cruz Roja

«La revolución egipcia ha roto la barrera del miedo; una vez abierta, el cambio continuará»

«Detrás del velo, en los rayos X, todos somos iguales; necesitamos favorecer el entendimiento, no el conflicto intercultural»

Jueves 25 de Octubre de 2012
Oviedo, Pablo GALLEGO

«Mi nombre es Amal, y sólo soy uno de los 13 millones de voluntarios de Cruz Roja en todo el mundo, un punto en medio del mar. La historia que oirá es sólo una de las trece millones que podrían contarle, pero es la mía». Impresionada por el interés mediático que ha despertado su presencia en Asturias, Amal Eman, médica egipcia y voluntaria de la Media Luna Roja, es la avanzadilla de la delegación del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, que mañana recogerá, en el teatro Campoamor de Oviedo, el premio «Príncipe de Asturias» de Cooperación Internacional. «Ser médico es mi trabajo, digamos oficial, pero lo que realmente me llena es mi trabajo como voluntaria juvenil», explica mientras se recoloca el velo que cubre su cabello.

Amal Eman llegó a la Media Luna Roja en 2003, al apuntarse «a uno de los cursos de primeros auxilios que anunciaban en mi barrio». Nueve años después, y ya convertida en médico, asegura que trabajar en la Cruz Roja es realmente «trabajar para el futuro de la humanidad». Como responsable de movimientos juveniles para la Media Luna Roja en Oriente Medio y el norte de África, su objetivo es «hacer que se oiga la voz de los jóvenes». «Podemos contribuir al cambio en nuestras comunidades, convertirnos en modelos y líderes éticos», sentencia.

-¿Ser mujer y activista en Oriente Próximo puede considerarse una profesión de riesgo? ¿A qué se enfrenta?

-En las revoluciones del Magreb las mujeres han estado en la vanguardia de las revueltas. Allí han encontrado el espacio que necesitaban para expresarse en libertad, y lograr que su voz se oiga. En mi caso es la organización para la que trabajo la que me ha dado la formación y, digamos, el poder necesario para lograrlo. La Cruz Roja cree en el valor que las mujeres aportan a la sociedad. Debemos ser valoradas no por el simple hecho de ser mujeres sino por nuestra cualificación, por lo que somos.

-¿La educación es la clave en este tipo de movimientos?

-La educación formal es, obviamente, una parte importante, pero sin una formación en valores, sin un profundo respeto por la dignidad humana, no podremos construir una sociedad pacífica que permita un mejor acceso a los recursos.

-Hablando de recursos, ¿notan por la crisis económica una disminución en los fondos que recibe su institución? ¿Se ha convertido el dinero en un problema?

-Nuestro principal recurso no es financiero, sino nuestros propios voluntarios, y no es una cuestión baladí. El último informe de Cruz Roja señala que nuestros voluntarios aportan a la sociedad mundial el equivalente a más de 6 billones de dólares al año.

-... Pero no son los voluntarios quienes aportan los fondos necesarios para desarrollar su trabajo...

-Son nuestros socios y benefactores quienes nos ayudan a conseguir y movilizar los recursos necesarios. Nuestra máxima en ese sentido es la transparencia. En cualquier momento pueden comprobar que los recursos van a las personas que más lo necesitan, que es donde tienen que ir. Apoyan nuestra misión porque creen en lo que hacemos.

-¿Y en la acción humanitaria qué importa más, ayudarlos o darles esperanza?

-Les damos esperanza y ayuda, pero también el poder que los haga capaces de encontrar sus propias soluciones en los desafíos a los que se enfrentan. Quizá esto sea lo que más nos diferencia de otras organizaciones: no somos una organización que se dedique a la caridad, no les damos dinero, o comida, y ya está.

-¿Qué recuerdos tiene de las revueltas en la plaza Tahrir de El Cairo, durante la llamada «primavera árabe»?

-Espero que entienda que mis palabras se refieran a los aspectos humanos de aquellas revueltas, no a los políticos, porque es nuestra obligación ser neutrales. Aunque ser neutral exige ser muy muy activo (ríe).

-Adelante.

-Creo que lo que se ha logrado no es tanto un cambio político, que también, como un cambio en lo que somos como egipcios. Ahora por fin comienza a creerse en el poder de los jóvenes, y las mujeres, desde la primera línea, han ganado espacio para expresarse. Con la revolución los ciudadanos han roto la barrera del miedo, y una vez que han empezado el ciclo continuará.

-Usted lleva un «hiyab», un velo islámico. ¿Qué siente ante la polémica abierta por su uso en algunos países de Europa?

-(Silencio) Hay una brecha que tenemos que cerrar para entender nuestra diversidad cultural, respetarla y valorar su riqueza. Reconozco que es un trabajo por ambas partes, esencial para entendernos. Quizá a los europeos el velo les parezca algo ofensivo, que hace de las mujeres objetos, pero también hay cosas como los «piercings» que en otras culturas pueden verse como diferentes.

-Entonces...

-Necesitamos encontrar el camino para favorecer el entendimiento, no incentivar el conflicto intercultural. Detrás del velo, bajo nuestra piel, todos somos iguales. La imagen que nos da una máquina de rayos X es la misma, aunque vengamos de puntos opuestos del mundo. No importan el color, la religión, lo que lleves puesto o en lo que creas. Es algo que no afecta al resto. Lo que nos diferencia es nuestro comportamiento, nuestra actitud, y ambos tenemos que cambiarlos positivamente, para construir una sociedad en paz. Es lo que necesitamos, ésa es nuestra misión.

-¿Qué aporta a su vida ser voluntaria de la Media Luna Roja? ¿Qué siente?

-Suelo decir que nací siendo voluntaria. Me da la vida, una vida más humana, más real. Me hace quien soy ahora. Me siento muy afortunada por estar aquí representando a esos 13 millones de voluntarios. Somos como una familia universal, y dondequiera que vaya sé que tengo una hermana, o un hermano. Nos llevamos la satisfacción de hacer algo por la gente, ver sus sonrisas, porque estás allí para ayudarlos, sin esperar nada a cambio. ¿Qué más se puede pedir?